La excursión (tercera parte)
[...]Aunque lo estaba disfrutando, para cuando Al caminaba por la tierra aplanada de aquella nueva brecha, ya los dedos más pequeños de sus pies comenzaban a reclamar el castigo provocado por cierto defecto en el diseño de su calzado. No se detuvo sino hasta llegar a la curva que el camino de la mina hacía frente a aquella pendiente. Fue entonces cuando todo su ser percibió la mística y encantadora sensación de un placentero temor previamente anunciado. Se encontraba casi en la base de un enorme hoyo formado en el pliegue del cerro rojizo y la pendiente espinosa, dentro del cual no se escuchaba ni un solo ruido que no fuese provocado por él mismo. El absorbente silencio, la temperatura algo baja, la poca humedad del aire, la vegetación de apariencia petrea y la posición cayente del Sol hacían de aquél sitio, en aquel momento, la antesala de un verdadero purgatorio clandestino que parecía llevar diez mil años esperando a su primer huésped. Aquello provocó en Al el goce combinado y agridulce del abrazo hueco y álgido de la Señora Soledad y el beso cálido y tierno de la paz. Era como si otro mundo le esperase afuera de ese enorme socavón, cuyos arbustos disparaban ramas repletas de púas, queriendo herir a todo aquél que se atreviese a pisar el suelo árido y frío de sus raíces. Creyendo haber visto una tenue vereda trazada sobre el declive espinoso, intentó llegar hasta ella y así ascender de forma más rápida a la cima de los misterios. Nunca supo si la vereda realmente existió o fue un engaño visual del terreno facilitado por el ruego de sus pies adoloridos. Caminó entre las grises y amenazantes ramas de la muerte, creyendo no llegar nunca por más que avanzaba. Pero finalmente consiguió alcanzar el borde de aquel hoyo hechizado donde había estado metido por más de media hora, y efectivamente, desde ese punto alto podía observarse a menos de un kilómetro un camino algo transitado y un paralelo conducto naranja, que anteriormente había supuesto se encontraban detrás de aquella pendiente ya superada. También pudo notar que cerca de ese acueducto había un corral para ganado vacío al lado de una casucha
Antes de comenzar el descenso, la última etapa de su travesía, Al González decidió descansar en aquel ápice de la montaña, junto a una roca que parecía ser la mesa de trabajo de los antiguos arquitectos del veleidoso relieve. Ingirió con hambre sus últimas provisiones, dejando sólo un poco de agua. Permaneció un buen rato ahí, observando las primeras sombras del atardecer mientras daba un placentero masaje a sus pies. «Si pudiera, aquí me quedaba a dormir», se dijo. Había que bajar a través de una última pendiente mucho más inclinada y larga que las anteriores, o bien caminar cuesta arriba hacia el noreste, intentando descubrir detrás de un cerro que ahí se encontraba una mejor ruta para llegar al valle del camino transitado. Prefirió descender por el declive que estaba frente a él, caminando en zigzag sobre el terreno rocoso lleno de cactáceas y otra vegetación. Durante el descenso, recordó la historia que muchos años antes le había contado su hermano mayor Antonio, acerca del material férreo que en una fundición había sido mezclado accidentalmente con elementos radioactivos, y que por seguridad de la población lo habían desechado tirándolo «detrás de los cerros de Nombre de Dios». Por alguna razón, Al presintió que aquellos deshechos radioactivos se encontraban muy cerca.
Cuando le faltaba poco para llegar a terreno plano, vio un extraño grupo de rocas negras que se encontraban en la base de la pendiente que descendía. No tardó en relacionar aquellas rocas con la historia que su hermano le había contado cuando él era niño. Al llegar a ese punto, pudo constatar que efectivamente aquél era el basurero nuclear de Chihuahua. Lo primero que pensó fue: «no permaneceré aquí mucho tiempo ni me acercaré demasiado, esto aún debe estar emitiendo partículas radioactivas». Aquellos montículos de hierro que en principio daban la impresión de absorber por completo la luz y el ruido, presentaban una escabrosa estructura llena de grietas y se alcanzaban a distinguir partes de auto, láminas, varillas y otros objetos incrustados en ellos. Había muchos trozos del mismo material oscuro esparcidos por todo el suelo. Tomó algunas piedras, procurando no tocar las que fuesen de color negro, y las lanzó hacia aquellas bolas de metal retorcido. Esperando escuchar un sonido seco, le pareció sorprendente el ruido emitido por las estructuras de hierro contaminado al ser golpeadas con las piedras, era como el de una sartén bateada con un martillo. Pero más sorprendente le pareció que aquello estuviera al aire libre, que no hubiera ningún letrero de advertencia en el lugar, que a unos cincuenta metros se encontrara un corral de ganado, que a unos cien metros cruzara un acueducto y que a unos doscientos metros estuviera una fábrica de asfalto.
Sin haber permanecido más de un minuto ahí, abandonó el lugar dirigiéndose hacia el camino pavimentado, sobre el cual se veían circular vehículos provenientes de alguna ranchería del lejano este. Brincó el tubo anaranjado que resultó ser más ancho de lo que parecía desde la cima de la montaña, llegó al camino, viró a la izquierda y anduvo unos doscientos metros. Entonces una familia que viajaba en una camioneta descubierta le ofreció un aventón. Habiendo cruzado el río Sacramento (o lo que quedaba de él), bajó del vehículo llegando al primer suburbio y le dio las gracias al conductor. Bebió la última porción de agua que le quedaba, caminó unos ciento cincuenta metros y luego tomó un autobús. Éste lo llevó hacia el sur por la avenida más oriental de la ciudad. A través de la ventanilla y con los brazos recargados en el respaldo del asiento de adelante, Al observó en retrospectiva la montaña que había sido parte de su aventura de más de seis horas de sana recreación, y que de alguna manera había resultado ser para él un reto superado más. Su mirada de satisfacción abrazó toda la Sierra de Nombre de Dios, disfrutando de casi no creer que allá arriba acababa de estar, cuando por entonces todos los días miles de personas la veían sin inmutarse.
FIN.
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