
27-06-2004
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Capo
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Registrado: may 2003
Ubicación: Cantabria - España
Posts: 11.221
Reputación: 10
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Cita:
Después conoció unas cuantas viviendas más: la planta alta de un local comercial, en cuyas inmediaciones ocurrían accidentes automovilísticos cada cinco minutos (como bien lo constató al llegar al lugar); la casa de un universitario que parecía no tener la más mínima idea de cómo arrendar su propiedad; un apartamento poco accesible en el interior del edificio de una próspera peluquera; una casa idéntica a la nostálgica morada de los tíos ricos de su infancia; un grupo de habitaciones arrancadas de una residencia que tendía a quedar vacía, y un pequeño compartimiento localizado cerca de su barrio.
Aun cuando la imperiosa necesidad de tener un sitio donde vivir de manera independiente, fue ganándole terreno a su escrupulosidad por los detalles, Al González pensaba que todavía podía llegar a encontrar un techo no muy caro, atractivo y cómodo para un profesionista de clase casi media. El viernes 22 de febrero visitó el número 2002 de una calle cercana al centro histórico. Un antiguo casón de principios del siglo XX. Cuando entró al lugar, ni por accidente recordó que justo ahí habían sido algunos de sus primeros bailes de la escuela secundaria. El sitio había cambiado mucho desde que dejó a Coquis González plantada en la pista a los catorce años. Tras tocar la campana equivocada, la Sra. Pedraza salió para recibirlo y mostrarle el apartamento en renta. Lo condujo por un costado del patio trasero de la mansión donde ella y su familia vivían. Los árboles y plantas del lugar, entre los que destacaban cinco enormes nogales nacidos con las lluvias de otras décadas, compensaban el cronológico deterioro de los jardines, los cuales alguna vez hermosos y limpios de artificios fueron el deleite de aristócratas. Ahora sólo bonitos y un poco entelarañados por conductos de materia y energía, conformaban el refresco visual de inquilinos temporales de diversas procedencias. Ahí, una agradable estancia a desnivel circunvalada por una pequeña barandilla azul, invitaba a la conversación filosófica, a las partidas de póquer o ajedrez con los amigos, y a la lectura privada. Aquello era un trozo de bosque vacacional llevado a la médula de una manzana con memoria urbana.
Subiendo unas escaleras exteriores casi tan rápido como al parecer fueron fraguadas, la Señora Pedraza y Al llegaron hasta la puerta del apartamento número quince, y ella le mostró las habitaciones. Éstas presentaban ligeros rasgos de pronta construcción y un poco de acabamiento. No obstante, era armónico y acogedor debido a sus pisos, puertas y otras estructuras de madera, la funcional distribución de sus cuartos, su chimenea genuina y los muebles y aparatos de confort. Además se encontraba cerca (pero a sana distancia) del intenso corazón de la ciudad, donde las personas y sus historias se añejan como el vino y jamás mueren porque se convierten en auténticas leyendas. Y qué decir de las tiendas, restaurantes, bares, oficinas, teatros, escuelas, hospitales, bibliotecas, museos, parques, lavanderías y demás establecimientos que hacen la vida posible al que trabaja. Sitios a los que se puede ir caminando sin pasar frío, hambre o aburrimiento, ya que doquiera hay refugio, comida y diversión. Un lugar de sorprendentes encuentros con la gente espejo, la gente inercia y los conocidos de cualquier época. Después de escuchar el precio de renta y de meditarlo un poco, Al González firmó el contrato de arrendamiento por seis meses, extensible a más, y le entregaron las llaves del que habría de ser su nuevo hogar. Los nogales se pusieron contentos.
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Espero os haya gustado tanto como a mí.
Un Saludo.
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