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Algunas vueltas al Sol menos, estábamos aún en una era dorada donde dedicábamos más tiempo a leer que a mirar. Y el tiempo transcurría a un ritmo que daba algo de margen para ser personas cuerdas. Esa era terminó en buena medida por nosotros, los programadores de algoritmos. El uso que los individuos con mayor poder y ambición le dieron a nuestras habilidades técnicas es, con esfuerzo para decirlo de manera amable, asqueroso.
Recuerdo las palabras de un colega, entonces una persona insidiosa, que me decía: «Ey, abre tu cuenta de Facebook, todo el mundo está ahí. ¡Está genial tener Facebook!». Pero al cauto que subscribe nunca le ha gustado ser ni de los primeros, ni de las multitudes. Siempre me dio mala espina, desconfianza, lo que el invento de un tal Mark le estaba provocando a la gente. Ahí se acentuó mi distanciamiento de las personas con las que tenía fuertes vínculos de raíz, sangre y afinidad, excepto mi querida madre, que era lo suficientemente mayor para no interesarse en ser absorbida por la Matrix también.
En 2019, poco después de haber ayudado a Intélisis a convertir software de supermercados de Delphi 7 a 10.1, lo cual fue muy agradable por un lado pero tremendamente desmoralizante en cuanto a ambiente laboral, ya estaba yo de nuevo en un valle de la cordillera de la vida, es decir, muy bajo de finanzas y al mismo tiempo muy sano de cuerpo y emociones, y con una gran fe. Sin embargo, apenas en los primeros días de enero, me atacó una extraña, persistente y agotadora gripe cuyos síntomas eran todo lo que un año después describían como COVID-19, y curiosamente no volvería a presentar un cuadro de gripe, bastante más ligero, hasta 2025 (y sin vacunarme). A veces me pregunto si el famoso virus en realidad ya se gestaba y transmitía entre 2018 y 2019, y si el sucio sistema de aire acondicionado de la Torre AXA (alguna vez subí hasta el último piso y observé asombrado esas infernales y descuidadas máquinas llenas de moho) pudo ser la "incubadora" del infame coronavirus.
Ese 2019 fue muy especial. Después de recuperarme, viaje a mi tierra natal y pasé en casa de mamá un par de meses. Compartí el día a día con aquella humilde octogenaria que me dio la vida, y ocasionalmente visité a mis hermanos locales, o tocaba ser el tío aventurero que «está de visita» cuando alguno de sus nietos iba a buscarla y la llenaba de abrazos. En ese tiempo, casi siempre desayunamos juntos y sin prisas, solo ella y yo, mientras los otros habitantes de la casa salían diligentemente a lidiar sus cotidianas batallas laborales y escolares. Conversamos sobre la vida, sus achaques, la familia y mi confianza de alcanzar "éxito y prosperidad" en lejanas ciudades de mayor efervescencia. Nos tuvimos así alrededor de 10 semanas y, hasta ahora que lo escribo, y quizá porque me estoy haciendo mayor, dimensiono lo valioso que para ella fue que el quinto de sus seis hijos, al más rebelde y testarudo, estuviera en casa durante tantos días, después de años de no visitarla sin mil razones para regresarme pronto a seguir con mis propios combates.
La tarde que con mochila en la espalda me despedí, las últimas palabras que mamá me dijo con cierta solemnidad fueron: «Ojos que te ven partir, ¡cuándo te verán volver!». Sospecho que al cerrar la puerta de la casa, alguna lágrima debió rodar por su carita morena, como las que ahora lubrican y salen de mis ojos mientras lo escribo. Aquel marzo de 2019 fue la última vez que la vi con vida. No imagino cómo habría sido mi existencia sin aquella temporada tan llena de amor, paz y esperanza en Chihuahua, lejos del ruido de mis obsesiones y cerca del corazón de mamá.
Bueno, creo que seguiré escribiendo después, si les parece bien...
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Tras casi seis años de trabajar para una empresa alemana como desarrollador Delphi, se vieron forzados a dejarme ir (temas presupuestales). Así que ahora estoy abierto a escuchar nuevas ofertas.
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