
me has hecho recordar la época de mi vida en la que casi todas los domingos me reunía con unos amigos y nos íbamos a la montaña, una distinta cada domingo. Eran jornadas durísimas de muchísimas horas caminando sin descanso, rodeado de la naturaleza, nada más, y nada menos, nos cruzábamos con águilas, ciervos, jabalíes, zorros... y lugares bellísimos, bosques tupidos, abismos impresionantes, vistas maravillosas...
Llegábamos a casa, ya de noche, totalmente agotados, una ducha, cena muy ligera y a la cama... había que madrugar para trabajar... pero la felicidad tan tremenda, el saberte integrado en La Tierra, conocer y ver lugares que la mayoría de la gente con la que compartía el resto de la semana, ni se podían imaginar, cuando realmente están muy cerca, y muy lejos, al mismo tiempo.
Desde la cima de algunas de las cumbres se veía la ciudad, lejana, pequeña, contaminada, y pensabas, te dabas cuenta, comprendías que la vida en las ciudades es un invento que te aleja de la realidad del mundo... los problemas, las prisas, las reuniones, los clientes, los delincuentes callejeros, los apretones en el bus, los atascos matutinos... todo eso no tenían importancia alguna allá arriba... porque allí no había prisa, el tiempo corre de otra manera, más pausado, importan otras cosas más sencillas... había otras diversiones distintas, me encantaba ir caminando por el sendero bajo una fina lluvia, el sonido del viento entre las hojas de los árboles, la mirada asustadiza de un ciervo tras los arbustos, el murmullo del agua que corría por un arroyo cercano, unas nubes amenazantes en la cima de la montaña, el sol que por fin gana a las nubes, la limpieza de ese paisaje, de ese pequeño mundo, del verdadero... mientras caminábamos en fila india hacia nuestro destino, éramos parte integrante del lugar, de la naturaleza, del mundo......... Me despierta el molesto sonido del despertador, son las 6:00am, tengo que arreglarme para ir al trabajo, pero el próximo domingo
sé que pisaré la cumbre de otra cima maravillosa.
P.d.: esto no es ningún estupendo relato, como el de
Al González, son sólo recuerdos que me han venido a la cabeza mientras leía "La Excursión" de
Al.